jueves, 20 de septiembre de 2012
¿Es Mondragón un ejemplo de distributismo?
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Por un distributismo español
jueves, 1 de marzo de 2012
Navegar sin rumbo
Hoy en día solemos hablar de la economía en términos cuantitativos. Nos interesa que nuestra empresa gane más dinero y que el PIB de nuestra nación crezca más que el de las naciones vecinas. Se nos dice, sin rubor alguno, que “el objetivo es la eficiencia”. Esto resulta cuanto menos una contradicción, acaso un oxímoron, pues la eficiencia se define como capacidad para alcanzar objetivos al menor coste posible. Es decir, para que exista eficiencia debe haber previamente al menos un objetivo. La eficiencia no puede ser un objetivo en sí misma.
La idolatría de la eficiencia y la obsesión por la maximización numérica no es más que una forma de vestir la economía como fría y objetiva ciencia y de esquivar las implicaciones morales de la economía como actividad humana. Un ejemplo más de lo que el relativismo moral ha hecho con el pensamiento moderno. Cambiamos las preguntas fundamentales por los “métodos fundamentales”. Idolatramos la técnica, lo científico, lo racional, por la seguridad que nos ofrece su aparente objetividad frente a la amenaza de nuestra propia conciencia y su molesto afán por tratar de diferenciar entre el bien y el mal, conceptos que nos parecen caducos y obsoletos ante la cegadora visión del progreso humano. Evitamos mojarnos para no tener que preguntarnos de dónde viene la lluvia.
Recuerdo en mis tiempos universitarios como al estudiar la historia de las doctrinas económicas el profesor pasaba por encima del pensamiento económico de los escolásticos con bastante brevedad, y, si bien hacía gala de cierto orgullo nacional al presentar a
El pensamiento económico del que nos hemos dotado resulta infalible, pues el mercado es la respuesta objetiva a todas las preguntas. Pero ¿estamos realmente considerando todas las variables en nuestra magnífica ecuación?. ¿No estaremos, como sospechaba E.F. Schumacher, esquivando cuestiones como el carácter limitado de los recursos naturales o de nuestro propio tiempo, por no hablar de variables cualitativas como la moralidad o la felicidad humana?. En este sentido, es posible que estemos actuando como el ajedrecista novel, que juega con maestría una parte del tablero pero carece de una visión global sobre el mismo.
lunes, 15 de agosto de 2011
Madrid - Nowa Huta

lunes, 6 de junio de 2011
Economía: la pregunta fundamental
Tradicionalmente nos ha sido enseñado que la economía da respuesta a tres preguntas fundamentales: ¿Qué?, ¿cómo? y ¿para quién? producir. Las respuestas a estas tres preguntas, es decir, la producción, la división del trabajo y la distribución, definirían las características fundamentales de todo sistema económico. Así, habría sistemas más o menos eficientes según cómo se contestase a estas preguntas.
Sin embargo este enfoque racionalista se queda corto pues se olvida de la pregunta fundamental: ¿para qué producir?. La respuesta más evidente nos diría que para cubrir las necesidades humanas, pero inmediatamente surgiría la siguiente pregunta: ¿cuáles y cuán importantes son esas necesidades que condicionan cuanto hacemos o dejamos de hacer en esta vida?. En una economía básica y de mera supervivencia la naturaleza de estas necesidades sería fácil de identificar. Las reglas de la economía reinan donde gobierna la escasez. Pero nuestras sociedades presentes son complejas y nuestras actividades no se limitan, por lo general, a la cobertura de necesidades meramente físicas.
Nos hallamos pues ante un caso ciertamente paradójico, un pensamiento económico que idolatra la eficiencia sin haber definido previamente los objetivos. Es el tipo de paradoja que Chesterton puso de manifiesto en su gran obra “Herejes”:
“Ninguno de los grandes hombres de las grandes edades habría entendido lo que ahora se entiende por «trabajar para la eficiencia». Hildebrand hubiera dicho que él trabajaba, no para la eficiencia, sino para la iglesia Católica. Danton hubiera dicho que él trabajaba, no para la eficiencia, sino para la libertad, la igualdad y la fraternidad. Aun cuando el ideal de tales hombres hubiese sido sencillamente el ideal de echar a una persona a puntapiés escaleras abajo, pensaban en el fin como hombres, no en el procedimiento como paralíticos. No dijeron: «Elevando eficientemente mi pierna derecha, usando, como observáis, los músculos del muslo y de la pantorrilla, que erige, en excelente funcionamiento...» Sus sentimientos eran bien diferentes. Se hallaban tan poseídos de la hermosa visión del hombre tendido cuan largo era al pie de la escalera, que, en ese éxtasis, lo que había que hacer ocurrió como un relámpago.”
(G.K. Chesterton, Herejes, capítulo I)
El hombre moderno ha expulsado a Dios, y por tanto a la moral, de la economía, pensando que de esa forma se ganaba en eficiencia. Pero al prescindir de lo trascendental se ha quedado inmediatamente sin objetivos. Si las vidas de los hombres, en un mundo creado por nadie y para nada, fuesen absurdas y sin sentido, la actividad económica de éstos habría de ser, por ende, igualmente absurda y sin sentido. ¿Qué obtenemos siendo eficientes en un mundo así?. ¿Para qué habríamos de ser eficientes?. Como vemos no se trata tan sólo de restaurar un comportamiento moral o ético que ha sido expulsado previamente de la economía, llevando a prácticas comerciales y bancarias que han dado los nefastos resultados que ahora padecemos. La moralidad por sí sóla, entendida como un mero comportamiento mecánicamente benevolente, tampoco nos ayuda a encontrar dichos objetivos, como nos enseña la encíclica Caritas in veritate:
“La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario.”
(Benedicto XVI, Caritas in veritate, 3)
Sin embargo esa moralidad o benevolencia, ese amor que nos es natural como seres humanos, sí que nos ayuda a buscar lo trascendente. Todos los hombres, aunque hayan vivido una larga vida en comunidades aisladas, tienen una noción del bien y del mal, de lo que podríamos llamar “leyes naturales”, que no son otra cosa que las leyes de Dios. La economía, como materia de estudio de las actividades del ser humano, actividades que ocupan la mayor parte del limitado tiempo del que éste dispone, tampoco puede ser ajena a la verdad, al hecho irremediable de nuestra mortalidad y nuestra necesidad de trascendencia más allá de lo físico y lo científico. Nuestras actividades diarias han de estar guiadas por nuestros objetivos trascendentales, pues sin ellos éstas carecen de todo sentido. Paradójicamente el camino para mejorar este mundo parte siempre de concebirlo como un mero tránsito, tal y como nos sugiere, de manera intuitiva y natural, su temporalidad. Sólo en este marco se puede trabajar y vivir con esperanza. Si no, ¿para qué producir?.
martes, 31 de mayo de 2011
martes, 24 de mayo de 2011
Economía y espiritualidad: El consumo y la utilidad
La utilidad o satisfación que produce el consumo de bienes, en relación con la capacidad de éstos para cubrir las necesidades humanas, ha sido objeto de atención de grandes economistas como William Stanley Jevons o Vilfredo Pareto. Más allá del debate sobre si la utilidad es medible o sólo comparable, sí que existe cierto consenso sobre el comportamiento de la misma: la utilidad crece conforme crece la cantidad de bienes que consumimos, hasta llegar a un punto de “saturación” en el que se vuelve decreciente. Se modelizaría por tanto mediante una curva de tres tramos significativos: un primer tramo en el que la utilidad marginal es creciente, un segundo tramo en el que se vuelve decreciente y un tercero, alcanzdo el “punto de saturación” en el que esta utilidad marginal se torna negativa.
El tramo más interesante para nuestro análisis es el tercero. ¿Cómo es posible que un aumento en la cantidad de bienes provoque una reducción de la satisfacción del consumidor?. Se trata de una cuestión básicamente filosófica y el enfoque “homo viator” del economista E.F. Schumacher nos puede servir como explicación de este fenómeno. La idea que el hombre está en el mundo como peregrinaje a un plano superior, o la mera existencia de este plano y el reconocimiento de la faceta espiritual del ser humano, concuerdan con la idea que el grado de satisfación de una persona durante su vida no obecede la mayoría de las veces a causas puramente materiales. En buena lógica se podría pensar que la curva de utilidad nunca podría ser decreciente, pues si una persona tiene a su disposición demasiados bienes bastaría con desacerse de los que le proporcionan utilidad marginal negativa para llegar al punto en el que maximiza su utilidad total. Pero no estamos hablando de una toma racional de decisiones, sino de un comportamiento compulsivo, el consumismo, que puede llegar a cierto punto en el que el aumento del bienestar material genere mayor insatisfación personal. Resulta difícil explicar este fenómeno si no tenemos en cuenta la existencia de otro tipo de bienestar, el inmaterial o espiritual, y por tanto de un plano distinto al material y con mayor poder de influir en el bienestar de las personas que éste. Sin embargo, pese a ser de dificil explicación, es una idea intuitiva (“el dinero no da la felicidad”) bastante arraigada en nuestra cultura.
Valga este caso como ejemplo de una realidad incuestionable: no podemos tratar los asuntos económicos, ni tan siquiera intentar explicar el comportamiento humano, dejando al margen el plano espiritual.
