jueves, 20 de septiembre de 2012

¿Es Mondragón un ejemplo de distributismo?


Como se indicaba en el artículo anterior, la experiencia de cooperativismo social de la localidad guipuzcoana de Mondragón se ha convertido en fuente de inspiración para todo tipo de autores y pensadores que buscan una tercera vía económica. También se ha convertido en modelo de referencia para el movimiento distributista norteamericano, que lo ha referido constantemente como ejemplo a imitar en sus publicaciones, e incluso en sus manifiestos. El profesor australiano Dr. Race Mathews, experto en economía cooperativa y autor de varios libros sobre la materia, es un ferviente defensor del experimento mondragonés, como manifiesta en sus habituales colaboraciones en la revista Distributist Review.

La Corporación Mondragón agrupa a distintas cooperativas y empresas de múltiples sectores que operan en los cinco continentes. Sus áreas de actividad van desde la industria (con marcas como Fagor, Orbea y Domusa) hasta la distribución (Eroski) o el sector bancario (Caja Laboral). Cuenta incluso con sus propios centros de formación e investigación y con una universidad privada. Actualmente cuenta con casi 85.000 empleados y una facturación anual de alrededor de 15.000 millones de euros. Se trata por tanto de un gigante de la industria y la distribución a nivel español y europeo. Los primeros pasos de lo que ahora es la Corporación Mondragón fueron dados en la postguerra por iniciativa del sacerdote D. José María Arizmendiarrieta, que fundó una serie de cooperativas industriales, de consumo y de crédito, embriones de las futuras áreas de producción, distribución y banca.

Planteados los hechos, la pregunta fundamental es la siguiente: ¿debemos compartir el entusiasmo del nuevo distributismo norteamericano respecto a la Corporación Mondragón?. En verdad, resultaría halagador pensar que nuestro país es un ejemplo a seguir en el camino hacia una sociedad más justa y mejor. Ciertamente, creemos que la sociedad española y las de origen hispánico son más distributistas, dentro de lo que cabe, que las anglosajonas. Pero esto no se debe a la existencia de grandes cooperativas industriales, sino a la pervivencia, pese a las dificultades, de una base cultural católica con unos valores que dan menos importancia a la eficiencia y más a la solidaridad, y la existencia de una estructura de pequeña empresa de carácter familiar. Es decir, se trata de sociedades más distributistas por el simple hecho de que son menos modernas y más tradicionales. El distributismo, al fin y al cabo, no pretende sino la restitución de un orden económico en el que primaban valores cristianos.

Lo que crea tanta expectación respecto a Mondragón, y su mayor diferencia percibible respecto de otras grandes corporaciones, es su carácter cooperativo. En este punto sería preciso plantearse si una organización cooperativa lleva aparejados siempre unos valores distributistas. Para los distributistas clásicos, como bien es sabido, la unidad económica básica, tanto para el consumo como para la producción y distribución, es la familia. En un mundo industrializado y moderno, las familias no pueden llegar por sí sólas a la producción de ciertos bienes o la prestación de ciertos servicios. Es preciso agruparse y aunar esfuerzos, y ahí surgen dos figuras fundamentales: las cooperativas y el Estado. Ahora bien, es preciso recalcar, y esto ha sido enfatizado por las encíclicas papales, que ambos tienen carácter subsidiario, es decir, que existen sólo para auxiliar a las personas y familias allí donde éstas no pueden llegar sólas. Este carácter subsidiario define su función, pero marca también una limitación. No debe ser sobrepasado, ni aún en nombre del bien común, pues implicaría abarcar competencias y funciones que corresponden a los individuos o a las familias, limitando la libertad y capacidad de decisión de éstos y creando una empresa o una sociedad en la que unas personas se ven limitadas por las decisiones que toman otras, incluso en ámbitos que ellos mismos podrían gestionar eficientemente.

Una de las críticas más certeras que se ha hecho del capitalismo, y que se ha apuntado como la razón principal de los problemas prácticos que éste genera, como la crisis que actualmente padecemos, es la de los efectos perniciosos de la separación entre propiedad y poder de decisión. Una persona que compra en bolsa acciones de la gran empresa para la que trabaja, en teoría pasa a ser propietaria de una infinitesimal parte de esa corporación, pero en la práctica las decisiones de esa corporación le son tan ajenas como los anillos de Saturno, y tan sólo podrá esperar obtener algún pequeño beneficio en su cuenta de valores a partir de la agresiva política de recorte de gastos y maximización de ingresos de un Consejo de Administración formado por gestores profesionales. A partir de cierta cantidad de acciones podrá incluso asistir a las reuniones de la Junta de Accionistas, pero su influencia en la misma es tan escasa como la importancia que tiene este órgano a efectos de la gestión ordinaria, que corresponde al Consejo. 

Por el contrario, una cooperativa que agrupe a unas pocas familias y personas, de manera que éstas posean un control efectivo de la misma y su voz y voto tenga influencia real sobre las decisiones, sí puede ser un ejemplo de toma de decisiones cercana a la propiedad. Pero una gran cooperativa, donde los miles de asociados puedan votar libre y democráticamente para tomar ciertas decisiones, no deja de ser, a efectos prácticos, más que una gran Junta donde todos los accionistas poseen un número de participaciones similar. El poder de un solo cooperativista, al igual que el de un pequeño accionista en una sociedad anónima, es prácticamente nulo y las decisiones cotidianas las acaban tomando un grupo de gestores profesionales tan ajenos a la propiedad como en una sociedad mercantil, o quizá incluso más.

Las desventajas de esa gestión profesionalizada y ajena a la propiedad son evidentes. Para empezar, fácilmente el pequeño propietario se desengaña y cae en la cuenta de su insignificancia dentro de la enormidad de la organización. En Rerum Novarum se nos enseña: “los hombres, sabiendo que trabajan lo que es suyo, ponen mayor esmero y entusiasmo”. Los gestores, por su parte, responderán a los intereses comunes solo en la medida en que sean capaces de priorizarlos sobre los propios, es decir, salvo honrosas excepciones, sólo cuando ambos casualmente coincidan. Este problema, derivado de la propia naturaleza de la condición humana, fue expuesto con su habitual maestría por Francisco de Vitoria: “Si los bienes se poseyeran en común, serían los hombres malvados, e incluso los avaros y ladrones, quienes más se beneficiarían. Sacarían más y pondrían menos en el granero de la comunidad”. Esta tendencia humana al egoísmo y la corrupción es la razón última por la que el comunismo ha fracasado en la práctica.

En nuestra opinión, el que una gran corporación se organice como sociedad mercantil o como cooperativa no tiene, desde el punto de vista de su actuación, tanta relevancia a la hora de considerarla acorde con la Doctrina Social de la Iglesia. Así, en Caritas in Veritate (46) se nos enseña “Que estas empresas (…) adopten una u otra configuración jurídica prevista por la ley, es secundario respecto a su disponibilidad para concebir la ganancia como un instrumento para alcanzar los objetivos de humanización del mercado y la sociedad.”

E.F. Schumacher también nos advertía de los peligros de las grandes corporaciones y propugnaba la necesidad de “organizaciones de tamaño humano”, pues como el propio título de su obra más famosa indica “lo pequeño es hermoso”.

Joseph Pearce en su reciente y continuadora de la obra de Schumacher “Small is still beautiful” (lo pequeño sigue siendo hermoso), pone un ejemplo claro de lo que podría ser un sector industrial organizado de acuerdo con principios distributistas. En el libro de Pearce se expone el caso de las fábricas de cerveza del Reino Unido. A principios de los años 70, un proceso de fusiones redujo el número de empresas del sector a tan sólo 7 grandes, cuya competencia vía precios les había llevado a una fabricación masiva, estandarizada y de peor calidad. La clásica cerveza ale prácticamente había desaparecido del mercado. Un movimiento asociativo de consumidores reclamando la cerveza tradicional británica supuso, no sólo la aparición de multitud de pequeños fabricantes dispuesto a hacer ale al estilo clásico, sino que los grandes productores readaptaran también sus procedimientos para dar mayor diversidad y calidad a sus clientes. La aparición de gran número de pequeñas marcas aportó al consumidor mayores posibilidades de elección y revivió un sector que prácticamente había sucumbido al imperio de las economías de escala y la estandarización.

Una organización industrial basada en pequeños fabricantes que aman su oficio y su producto y lo ofrecen a sus clientes para que éstos lo disfruten antes que para maximizar sus beneficios es, a nuestro juicio, totalmente acorde con la idea distributista de una economía sana y con valores cristianos.

Ahora bien, si a este ejemplo le hubiésemos aplicado la solución mondragonesa y hubiésemos agrupado a los pequeños productores de cerveza en una gran cooperativa que, por organización y tecnología, pudiese competir con las 7 grandes firmas existentes, tendríamos lo siguiente: una octava firma dedicada a fabricar masivamente la misma cerveza estandarizada y a coste mínimo que el mercado se supone que, por la teoría de la preferencia revelada, demanda. Organizarse de manera cooperativa, pudiendo ser un mecanismo útil en ciertas circunstancias, no es necesariamente, a nuestro juicio, un instrumento de humanización de la economía, como sí lo es una organización industrial diversificada y diseminada a base de multitud de pequeñas marcas, con independencia de la forma societaria de las empresas que haya detrás.

La Corporación Mondragón, sin poner en duda sus cualidades y virtudes en otros aspectos, no es a nuestro juicio el ejemplo en el que un movimiento que apuesta por una economía al servicio del ser humano, como el distributismo, debe fijarse. En todo caso, podría tratarse de un ejemplo de “buenas prácticas” para un socialista fabiano, ideología a la que el Dr. Race Mathews ha sido cercano. Pero nosotros aquí seguimos a G.K. Chesterton, y no, aún reconociendo su gran altura intelectual, a G.B. Shaw.

Nosotros pensamos que es preciso diseminar tanto la propiedad como la gestión, y no concentrarlas. Esta es la enseñanza de los distributistas clásicos, y nosotros, como personas que pretenden, modestamente, estudiar sus ideas y tratar de analizar su aplicabilidad al mundo moderno, debemos saber distinguirlas y no caer, a veces por simplicidad y otras por tratar de buscar afinidades ideológicas, en errores como el que, a nuestro juicio, cometen algunos seguidores modernos del distributismo con la Corporación Mondragón.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Por un distributismo español


El distributismo, entendido como la doctrina que se deriva de las ideas económicas, filosóficas y sociales desarrolladas por autores como H. Belloc o G.K. Chesterton e inspiradas en las encíclicas papales, está conociendo en nuestros días un incuestionable desarrollo. Aunque sigue teniendo una difusión limitada y casi marginal, continuamente aumentan las voces en favor de una revisión de las relaciones económicas y sociales en la dirección que el distributismo propone, en el marco de una crítica generalizada a las ideas hasta ahora predominantes.

Sin duda es en los Estados Unidos de Norteamérica, tal vez por la arraigada militancia social del catolicismo local o simplemente por tratarse de la sociedad más influyente en términos culturales, donde estas ideas han alcanzado un arraigo y desarrollo mayor. Esto es observable atendiendo al creciente número de asociaciones, editoriales, publicaciones y autores consagrados a la difusión del distributismo. Personas de gran espíritu y valía contribuyen a esta causa como autores, editores, comentaristas o líderes asociativos.

Sin embargo, cuando hablamos de distributismo, no se puede negar una realidad fundamental: el escaso desarrollo teórico y práctico de estas ideas que fueron formuladas hace prácticamente un siglo, y que, sin embargo, contrasta con la validez de las mismas para ofrecer una explicación de todo lo ocurrido desde entonces. Tras un periodo inicial de gran vitalidad y fértiles experiencias, el distributismo, tanto teórico como práctico, sufre un fuerte parón a causa de dos factores fundamentales: la focalización absoluta del debate político y económico entre capitalismo y comunismo durante todo el periodo de la guerra fría, que apenas dejaba espacio de discusión para terceras vías; y el concilio Vaticano II, cuya aplicación práctica supuso poco menos que adaptar la doctrina católica al mundo moderno, en lugar de tratar de mejorar el mundo moderno mediante la aplicación de la doctrina católica, como pretende, en el plano económico, el distributismo.

Aún en este periodo, algunas figuras aisladas, pero de gran importancia, se habían dado cuenta de las limitaciones de los planteamientos teóricos en torno a la economía. Destacaba en particular E.F. Schumacher, cuyas ideas de humanización del trabajo y de la economía y respeto por la naturaleza se inspiraron directamente en la Doctrina Social de la Iglesia, amén de otras fuentes. A pesar de ello, algunos autores no consideran a Schumacher y otras figuras de este periodo como distributistas, denominación que reservan tan sólo a los contemporaneos de Chesterton y Belloc, cuando no tan sólo a ellos dos, lo que da una idea de la percepción que tenían del distributismo como campo de estudio de los historiadores.

Las personas que hoy en día, con gran mérito y dedicación, están tratando de desarrollar y difundir las ideas distributistas, cuentan por tanto con una cierta lejanía temporal respecto de las fuentes que consideran comunes. Esto se traduce en desarrollos teóricos divergentes, cuando no en discrepancias en la interpretación de los clásicos. Los autores actuales se centran, como es lógico, en cuestiones de actualidad. Pero evidentemente, el mundo actual, pese a la capacidad explicativa de sus ideas respecto a los cambios históricos producidos, no es como el que conocieron Chesterton y Belloc. Surge entonces la necesidad de interpretar, de aplicar a las cuestiones de actualidad un razonamiento del tipo: ¿Qué pensaría Chesterton sobre esto? o ¿es esto coherente con lo que escribió Belloc?. Ni que decir tiene que se trata de un terreno perfectamente abonado para la discrepancia, especialmente cuando no se cuenta con un liderazgo intelectual reconocible.

El distributismo práctico se desarrolla, como es sabido, a nivel de pequeñas comunidades o grupos de familias que tratan, sobre el terreno, de llevar a cabo una existencia basada en principios cristianos, y por tanto solidarios, que inspiren una organización más humana de sus hogares, granjas, empresas, talleres y pequeñas fábricas. A un nivel organizativo superior, se constituyen asociaciones, grupos o ligas distributistas, generalmente a nivel nacional, integrados por personas interesadas en los aspectos teóricos del mismo.

En los Estados Unidos de Norteamérica, que como se ha indicado es el mayor centro de actividad de este nuevo distributismo, la Sociedad para el Distributismo es la agrupación predominante. Se trata, posiblemente, del grupo más activo a nivel mundial. Alrededor suyo existen autores y eruditos cuyos trabajos suelen referirse, en forma de artículos, en la revista Distributist Review. Muchos de estos autores, a la hora de justificar la posible aplicación práctica del distributismo, buscan ejemplos, generalmente fuera de su país, sobre experiencias que les resulten inspiradoras e incluso imitables. En particular, han sido recurrentes en los últimos años las referencias a la cooperativa Mondragón como ejemplo de éxito del cooperativismo social y como “leitmotiv” del tipo de organización industrial que debería tener una sociedad distributista.

En el próximo artículo nos referiremos a dicha experiencia cooperativa propia de nuestro país y trataremos de analizar, desde la cercanía a la misma, si desde nuestro punto de vista se puede considerar realmente como un ejemplo de distributismo, de acuerdo con los autores clásicos y las encíclicas papales. En este, pretendemos poner de manifiesto las dificultades doctrinales de una tarea que, tarde o temprano, desde este u otros foros más apropiados, se ha de acometer: desarrollar un movimiento distributista autóctono en nuestro país. Estas dificultades no se hayan tanto en tratar de reflejar peculiaridades nacionales como en tratar de identificar y separar en otros movimientos mucho más avanzados, como el norteamericano, aquello que es realmente distributismo de otros desarrollos posteriores que nada tienen que ver con las obras de Chesterton y Belloc y poco o muy poco con la Doctrina Social de la Iglesia.

Para esta tarea, solicito modestamente a los lectores, tan escasos como apreciados, que contribuyan en la discusión con sus puntos de vista sobre cuestiones particulares del distributismo que serán planteadas en los próximos artículos. Todo ello en la idea y esperanza de configurar, poco a poco, una comunidad de personas interesadas en la materia, que cuente además con los matices propios de la peculiar idiosincrasia y cultura de España y los países hispánicos, que tanto fascinaba a nuestro correspondidamente admirado G.K. Chesterton.   




jueves, 1 de marzo de 2012

Navegar sin rumbo


Hoy en día solemos hablar de la economía en términos cuantitativos. Nos interesa que nuestra empresa gane más dinero y que el PIB de nuestra nación crezca más que el de las naciones vecinas. Se nos dice, sin rubor alguno, que “el objetivo es la eficiencia”. Esto resulta cuanto menos una contradicción, acaso un oxímoron, pues la eficiencia se define como capacidad para alcanzar objetivos al menor coste posible. Es decir, para que exista eficiencia debe haber previamente al menos un objetivo. La eficiencia no puede ser un objetivo en sí misma.

La idolatría de la eficiencia y la obsesión por la maximización numérica no es más que una forma de vestir la economía como fría y objetiva ciencia y de esquivar las implicaciones morales de la economía como actividad humana. Un ejemplo más de lo que el relativismo moral ha hecho con el pensamiento moderno. Cambiamos las preguntas fundamentales por los “métodos fundamentales”. Idolatramos la técnica, lo científico, lo racional, por la seguridad que nos ofrece su aparente objetividad frente a la amenaza de nuestra propia conciencia y su molesto afán por tratar de diferenciar entre el bien y el mal, conceptos que nos parecen caducos y obsoletos ante la cegadora visión del progreso humano. Evitamos mojarnos para no tener que preguntarnos de dónde viene la lluvia.

Recuerdo en mis tiempos universitarios como al estudiar la historia de las doctrinas económicas el profesor pasaba por encima del pensamiento económico de los escolásticos con bastante brevedad, y, si bien hacía gala de cierto orgullo nacional al presentar a la Escuela de Salamanca como cuna del pensamiento económico universitario, se refería a ellos en general con medieval desprecio y ridiculizaba en particular que se preocupasen de cuestiones como averiguar cual era el precio justo de las cosas o determinar cuando la actividad de un prestamista era lícita y cuando incurría en la pecaminosa usura. Trataban en definitiva la economía desde un punto de vista moral, lo cual era objeto de mofa del iluminado profesor, pues éste bien sabía, como todos sus ilustres colegas, que tanto los precios como los tipos de interés los determina el mercado, en libre y natural fluctuación, por encima de las voluntades de los hombres y de las objeciones de los moralistas trasnochados.

El pensamiento económico del que nos hemos dotado resulta infalible, pues el mercado es la respuesta objetiva a todas las preguntas. Pero ¿estamos realmente considerando todas las variables en nuestra magnífica ecuación?. ¿No estaremos, como sospechaba E.F. Schumacher, esquivando cuestiones como el carácter limitado de los recursos naturales o de nuestro propio tiempo, por no hablar de variables cualitativas como la moralidad o la felicidad humana?. En este sentido, es posible que estemos actuando como el ajedrecista novel, que juega con maestría una parte del tablero pero carece de una visión global sobre el mismo.

La práctica económica nos hace ver cada cierto tiempo, y para nuestra desgracia nos ha tocado vivir uno de esos “tiempos”, como ese planteamiento teórico perfecto se torna en caótica realidad y la seguridad del equilibrio de los mercados en crisis y desempleo. Y entonces volvemos otra vez a las preguntas de siempre. ¿Es justo que un mayorista se quede con una parte del precio sensiblemente superior a la que percibe finalmente el agricultor?. ¿Hasta qué punto se debe permitir que se concedan créditos cuyos riesgos han sido escandalosamente infravalorados, basando sus posibilidades de devolución en la expansión permanente de la economía y la subida continua del precio de la vivienda, llevando el abuso de esta práctica finalmente a la crisis global del sistema?. ¿No son éstas en el fondo las mismas preguntas que se hacían siglos atrás los escolásticos sobre los precios y la usura?. Habíamos denostado su enfoque moralista cuando las cosas iban bien, sus objeciones al progreso material nos parecían ridículas a la luz de la abundancia cosechada, y ahora que las cosas van mal nos damos cuenta de cuánto lo necesitamos. Navegábamos tan rápido con nuestra nave liberada del ancla de la moral, resultaba tan esplendorosa la visión de las velas hinchadas por el viento de la eficiencia, que poco o nada nos importaba la dirección. Y ahora que hemos encallado pensamos tan sólo en reflotar la nave para seguir navegando sin rumbo.

lunes, 15 de agosto de 2011

Madrid - Nowa Huta

Al poco de finalizar la Segunda Guerra Mundial las autoridades comunistas polacas decidieron erigir una nueva ciudad que representara los valores del socialismo en pleno cinturón metropolitano de la catolicísima Cracovia. Ni que decir tiene que la nueva ciudad se planificaría como oficialmente atea y no se permitiría en ella la construcción de iglesias ni los símbolos religiosos. La ciudad se llamó Nowa Huta (nueva siderurgia) pero todo el mundo la conocería como "la ciudad sin Dios".
Hoy en día, éste y otros intentos de prohibir las prácticas religiosas llevados a cabo por regímenes dictatoriales de todo tipo nos pueden parecer lejanos tanto en el tiempo como respecto a nuestra realidad social y política. Tendemos a pensar que, por el hecho de que primero el nazismo y después el comunismo hayan sido eliminados del poder, al menos en Europa, nos hemos librado de su influjo totalitarista. Nada más lejos de la realidad. Su terrible influencia sigue viva en nuestra sociedad e incluso dentro de nosotros mismos.
Las tendencias filosóficas surgidas en el XIX con la industrialización preconizaron un hombre nuevo y todopoderoso que habría de destruirse a sí mismo con saña y precisión durante la primera mitad del XX. Nietzsche anunció con euforia que Dios había muerto, y que el hombre sería ahora el rector de los destinos del Universo. Años después, un avezado periodista escribió la siguiente nota necrológica: "Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios." Marx nos explicó que la lucha entre el bien y el mal es la lucha entre los obreros y sus explotadores, que utilizaban la religión para mantenerles dóciles y entretenidos. Quienes le siguieron habrían de soportar después sucesivas oleadas de más y peores esclavizadores. Quienes ignoran a Dios desconocen completamente la naturaleza humana.
Cuando en 1935 Pierre Laval, entonces ministro de exteriores francés, le pidió a Stalin un gesto de benevolencia hacia el Vaticano, el genocida respondió: "Pero, ¿cuantas divisiones tiene el Papa?." Décadas después, el comunismo fue vencido, pero no en los campos de batalla, sino en los corazones de los hombres que añoraban su libertad, secuestrada en nombre de su propia felicidad. La obsesión por lo material propia del industrialismo es una quimera, una utopía de usureros que no puede hacer felices a los hombres porque el hombre es algo más que materia y porque, en cualquier caso, su lado material es frágil y perecedero.
Todas las ideas, todos los proyectos de un mundo sin Dios han fracasado y han llevado siempre a problemas mucho más graves que los que pretendían solucionar. Pero no nos engañemos, la derrota de los regímenes que intentaron aculturar al hombre, alejándole de sus raíces y creando una nueva religión pagana que expulsaba a Dios para poner en su lugar a la nación, al líder o al partido, no ha implicado la derrota de las ideas que los originaron. El hombre del siglo XXI es hedonista, idolatra la juventud, la belleza y el éxito y desprecia a los que son débiles, indefensos o viejos, olvidando que todos seremos así alguna vez, en una suerte de darwinismo social similar al del fascismo. Reclama sus derechos y se inhibe de sus obligaciones, esperando que el Estado lo solucione todo, como bajo el comunismo.
Ante la visita del Santo Padre a Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, nos hemos encontrado con la reacción contraria de los sectores laicistas de siempre, agrupados bajo el lema "Madrid sin Papa." En realidad lo que buscan no es otra cosa que una "España sin Dios", en la que la religión sea tan sólo un aspecto particular y privado que se deba recluir puertas adentro de nuestros hogares. Esto nos ha traído a la mente el recuerdo de Nowa Huta, "la ciudad sin Dios."
En realidad la prueba más palpable de que las ideas que forjaron los regímenes totalitarios no han fracasado pese al hundimiento de éstos, la obtenemos al contemplar todas las grandes ciudades europeas modernas. Todas parecen Nowa Huta, todas son "ciudades sin Dios", pues la vida que se lleva en ellas y las normas que las rigen están muy alejadas del ejemplo de Jesucristo y, por tanto, de la propia tradición y cultura europeas.
Pero, ¿que pasó con Nowa Huta?. Como es bien sabido, ante la prohibición los obreros de Nowa Huta construyeron una cruz en secreto y la instalaron sobre la colina donde querían construir su iglesia. Sucesivas cruces fueron derribadas con bulldozers y vueltas a erigir por el pueblo polaco. Karol Wojtyla, entonces obispo de Cracovia, lideró la protesta pacífica personalmente y con gran valentía. Finalmente, con el trabajo manual de todos se erigió una iglesia sobre aquella colina, que representó un símbolo del triunfo del espíritu sobre la maquinaria y las armas.
La visita del Papa y la reunión de centenares de miles de jóvenes católicos es un gran acontecimiento para Madrid y para toda España. Por unos días la capital se convertirá en algo parecido a la "ciudad de Dios" que soñó San Agustín. Demos pues, como en Nowa Huta, una respuesta pacífica pero contundente frente a los que quieren alejar la religión de nuestros espacios públicos. Apoyemos la JMJ. Madrid, con el Papa. Madrid, ciudad de Dios.

lunes, 6 de junio de 2011

Economía: la pregunta fundamental

Tradicionalmente nos ha sido enseñado que la economía da respuesta a tres preguntas fundamentales: ¿Qué?, ¿cómo? y ¿para quién? producir. Las respuestas a estas tres preguntas, es decir, la producción, la división del trabajo y la distribución, definirían las características fundamentales de todo sistema económico. Así, habría sistemas más o menos eficientes según cómo se contestase a estas preguntas.

Sin embargo este enfoque racionalista se queda corto pues se olvida de la pregunta fundamental: ¿para qué producir?. La respuesta más evidente nos diría que para cubrir las necesidades humanas, pero inmediatamente surgiría la siguiente pregunta: ¿cuáles y cuán importantes son esas necesidades que condicionan cuanto hacemos o dejamos de hacer en esta vida?. En una economía básica y de mera supervivencia la naturaleza de estas necesidades sería fácil de identificar. Las reglas de la economía reinan donde gobierna la escasez. Pero nuestras sociedades presentes son complejas y nuestras actividades no se limitan, por lo general, a la cobertura de necesidades meramente físicas.

Nos hallamos pues ante un caso ciertamente paradójico, un pensamiento económico que idolatra la eficiencia sin haber definido previamente los objetivos. Es el tipo de paradoja que Chesterton puso de manifiesto en su gran obra “Herejes”:

“Ninguno de los grandes hombres de las grandes edades habría entendido lo que ahora se entiende por «trabajar para la eficiencia». Hildebrand hubiera dicho que él trabajaba, no para la eficiencia, sino para la iglesia Católica. Danton hubiera dicho que él trabajaba, no para la eficiencia, sino para la libertad, la igualdad y la fraternidad. Aun cuando el ideal de tales hombres hubiese sido sencillamente el ideal de echar a una persona a puntapiés escaleras abajo, pensaban en el fin como hombres, no en el procedimiento como paralíticos. No dijeron: «Elevando eficientemente mi pierna derecha, usando, como observáis, los músculos del muslo y de la pantorrilla, que erige, en excelente funcionamiento...» Sus sentimientos eran bien diferentes. Se hallaban tan poseídos de la hermosa visión del hombre tendido cuan largo era al pie de la escalera, que, en ese éxtasis, lo que había que hacer ocurrió como un relámpago.”

(G.K. Chesterton, Herejes, capítulo I)

El hombre moderno ha expulsado a Dios, y por tanto a la moral, de la economía, pensando que de esa forma se ganaba en eficiencia. Pero al prescindir de lo trascendental se ha quedado inmediatamente sin objetivos. Si las vidas de los hombres, en un mundo creado por nadie y para nada, fuesen absurdas y sin sentido, la actividad económica de éstos habría de ser, por ende, igualmente absurda y sin sentido. ¿Qué obtenemos siendo eficientes en un mundo así?. ¿Para qué habríamos de ser eficientes?. Como vemos no se trata tan sólo de restaurar un comportamiento moral o ético que ha sido expulsado previamente de la economía, llevando a prácticas comerciales y bancarias que han dado los nefastos resultados que ahora padecemos. La moralidad por sí sóla, entendida como un mero comportamiento mecánicamente benevolente, tampoco nos ayuda a encontrar dichos objetivos, como nos enseña la encíclica Caritas in veritate:

“La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario.”

(Benedicto XVI, Caritas in veritate, 3)

Sin embargo esa moralidad o benevolencia, ese amor que nos es natural como seres humanos, sí que nos ayuda a buscar lo trascendente. Todos los hombres, aunque hayan vivido una larga vida en comunidades aisladas, tienen una noción del bien y del mal, de lo que podríamos llamar “leyes naturales”, que no son otra cosa que las leyes de Dios. La economía, como materia de estudio de las actividades del ser humano, actividades que ocupan la mayor parte del limitado tiempo del que éste dispone, tampoco puede ser ajena a la verdad, al hecho irremediable de nuestra mortalidad y nuestra necesidad de trascendencia más allá de lo físico y lo científico. Nuestras actividades diarias han de estar guiadas por nuestros objetivos trascendentales, pues sin ellos éstas carecen de todo sentido. Paradójicamente el camino para mejorar este mundo parte siempre de concebirlo como un mero tránsito, tal y como nos sugiere, de manera intuitiva y natural, su temporalidad. Sólo en este marco se puede trabajar y vivir con esperanza. Si no, ¿para qué producir?.

martes, 31 de mayo de 2011

La belleza de los pequeños negocios

Artículo publicado en Distributist Review.

La belleza de los pequeños negocios

martes, 24 de mayo de 2011

Economía y espiritualidad: El consumo y la utilidad


¿Es posible disponer de modelos económicos más realistas?. Sí, si somos capaces de introducir en ellos factores de índole psicológica que expliquen el comportamiento humano mucho mejor que los clásicos modelos que atribuyen a los hombres comportamientos meramente robóticos. Pondremos a continuación como ejemplo la utilidad marginal del consumo, repecto al que es fácil de observar unas pautas de consumo no racionales, que han de estar por fuerza relacionadas directamente con motivaciones no materiales.

La utilidad o satisfación que produce el consumo de bienes, en relación con la capacidad de éstos para cubrir las necesidades humanas, ha sido objeto de atención de grandes economistas como William Stanley Jevons o Vilfredo Pareto. Más allá del debate sobre si la utilidad es medible o sólo comparable, sí que existe cierto consenso sobre el comportamiento de la misma: la utilidad crece conforme crece la cantidad de bienes que consumimos, hasta llegar a un punto de “saturación” en el que se vuelve decreciente. Se modelizaría por tanto mediante una curva de tres tramos significativos: un primer tramo en el que la utilidad marginal es creciente, un segundo tramo en el que se vuelve decreciente y un tercero, alcanzdo el “punto de saturación” en el que esta utilidad marginal se torna negativa.

El tramo más interesante para nuestro análisis es el tercero. ¿Cómo es posible que un aumento en la cantidad de bienes provoque una reducción de la satisfacción del consumidor?. Se trata de una cuestión básicamente filosófica y el enfoque “homo viator” del economista E.F. Schumacher nos puede servir como explicación de este fenómeno. La idea que el hombre está en el mundo como peregrinaje a un plano superior, o la mera existencia de este plano y el reconocimiento de la faceta espiritual del ser humano, concuerdan con la idea que el grado de satisfación de una persona durante su vida no obecede la mayoría de las veces a causas puramente materiales. En buena lógica se podría pensar que la curva de utilidad nunca podría ser decreciente, pues si una persona tiene a su disposición demasiados bienes bastaría con desacerse de los que le proporcionan utilidad marginal negativa para llegar al punto en el que maximiza su utilidad total. Pero no estamos hablando de una toma racional de decisiones, sino de un comportamiento compulsivo, el consumismo, que puede llegar a cierto punto en el que el aumento del bienestar material genere mayor insatisfación personal. Resulta difícil explicar este fenómeno si no tenemos en cuenta la existencia de otro tipo de bienestar, el inmaterial o espiritual, y por tanto de un plano distinto al material y con mayor poder de influir en el bienestar de las personas que éste. Sin embargo, pese a ser de dificil explicación, es una idea intuitiva (“el dinero no da la felicidad”) bastante arraigada en nuestra cultura.

Valga este caso como ejemplo de una realidad incuestionable: no podemos tratar los asuntos económicos, ni tan siquiera intentar explicar el comportamiento humano, dejando al margen el plano espiritual.