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jueves, 1 de marzo de 2012

Navegar sin rumbo


Hoy en día solemos hablar de la economía en términos cuantitativos. Nos interesa que nuestra empresa gane más dinero y que el PIB de nuestra nación crezca más que el de las naciones vecinas. Se nos dice, sin rubor alguno, que “el objetivo es la eficiencia”. Esto resulta cuanto menos una contradicción, acaso un oxímoron, pues la eficiencia se define como capacidad para alcanzar objetivos al menor coste posible. Es decir, para que exista eficiencia debe haber previamente al menos un objetivo. La eficiencia no puede ser un objetivo en sí misma.

La idolatría de la eficiencia y la obsesión por la maximización numérica no es más que una forma de vestir la economía como fría y objetiva ciencia y de esquivar las implicaciones morales de la economía como actividad humana. Un ejemplo más de lo que el relativismo moral ha hecho con el pensamiento moderno. Cambiamos las preguntas fundamentales por los “métodos fundamentales”. Idolatramos la técnica, lo científico, lo racional, por la seguridad que nos ofrece su aparente objetividad frente a la amenaza de nuestra propia conciencia y su molesto afán por tratar de diferenciar entre el bien y el mal, conceptos que nos parecen caducos y obsoletos ante la cegadora visión del progreso humano. Evitamos mojarnos para no tener que preguntarnos de dónde viene la lluvia.

Recuerdo en mis tiempos universitarios como al estudiar la historia de las doctrinas económicas el profesor pasaba por encima del pensamiento económico de los escolásticos con bastante brevedad, y, si bien hacía gala de cierto orgullo nacional al presentar a la Escuela de Salamanca como cuna del pensamiento económico universitario, se refería a ellos en general con medieval desprecio y ridiculizaba en particular que se preocupasen de cuestiones como averiguar cual era el precio justo de las cosas o determinar cuando la actividad de un prestamista era lícita y cuando incurría en la pecaminosa usura. Trataban en definitiva la economía desde un punto de vista moral, lo cual era objeto de mofa del iluminado profesor, pues éste bien sabía, como todos sus ilustres colegas, que tanto los precios como los tipos de interés los determina el mercado, en libre y natural fluctuación, por encima de las voluntades de los hombres y de las objeciones de los moralistas trasnochados.

El pensamiento económico del que nos hemos dotado resulta infalible, pues el mercado es la respuesta objetiva a todas las preguntas. Pero ¿estamos realmente considerando todas las variables en nuestra magnífica ecuación?. ¿No estaremos, como sospechaba E.F. Schumacher, esquivando cuestiones como el carácter limitado de los recursos naturales o de nuestro propio tiempo, por no hablar de variables cualitativas como la moralidad o la felicidad humana?. En este sentido, es posible que estemos actuando como el ajedrecista novel, que juega con maestría una parte del tablero pero carece de una visión global sobre el mismo.

La práctica económica nos hace ver cada cierto tiempo, y para nuestra desgracia nos ha tocado vivir uno de esos “tiempos”, como ese planteamiento teórico perfecto se torna en caótica realidad y la seguridad del equilibrio de los mercados en crisis y desempleo. Y entonces volvemos otra vez a las preguntas de siempre. ¿Es justo que un mayorista se quede con una parte del precio sensiblemente superior a la que percibe finalmente el agricultor?. ¿Hasta qué punto se debe permitir que se concedan créditos cuyos riesgos han sido escandalosamente infravalorados, basando sus posibilidades de devolución en la expansión permanente de la economía y la subida continua del precio de la vivienda, llevando el abuso de esta práctica finalmente a la crisis global del sistema?. ¿No son éstas en el fondo las mismas preguntas que se hacían siglos atrás los escolásticos sobre los precios y la usura?. Habíamos denostado su enfoque moralista cuando las cosas iban bien, sus objeciones al progreso material nos parecían ridículas a la luz de la abundancia cosechada, y ahora que las cosas van mal nos damos cuenta de cuánto lo necesitamos. Navegábamos tan rápido con nuestra nave liberada del ancla de la moral, resultaba tan esplendorosa la visión de las velas hinchadas por el viento de la eficiencia, que poco o nada nos importaba la dirección. Y ahora que hemos encallado pensamos tan sólo en reflotar la nave para seguir navegando sin rumbo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Política económica distributista (I)


La actualidad del debate político se encuentra centrada, por una vez, en el verdadero gran problema de la nación española (al menos en el orden material, aunque también está relacionado y no poco con otro tipo de problemas de índole moral), la lamentable situación económica que, tras años de burbujas artificiales y precios hinchados, nos deja un panorama realmente desalentador que condena a cerca de la cuarta parte de la población en edad de trabajar, y casi la mitad de los jóvenes, al desempleo.

Las políticas públicas desarrolladas no han aliviado el problema, sino que más bien han contribuido decisivamente a su agravamiento, pues han servido al interés de la gran banca y de la grandes fortunas de la construcción y otros sectores cercanos al poder, y los pocos recursos que se han destinado a los menos favorecidos se han hecho en forma de subsidios que no atacan el problema de fondo y tan sólo suponen, en el mejor de los casos, un parche temporal.

¿Pueden las ideas distributistas aportar algo de luz al asunto? ¿Qué medidas inspiradas por estas ideas se podrían implementar en nuestro país?.

Si la primera víctima de la guerra es la verdad, se podría decir que la primera víctima de la crisis es la justicia. Si la especulación inmobiliaria ha hecho rica a una minoría cercana al poder, ¿porqué sus desastrosas consecuencias han de ser pagadas por una mayoría de ciudadanos prácticamente desposeídos de propiedades (o endeudados hasta las cejas para poder poseer tan sólo un modesto hogar) por esa minoría?. Una política económica distributista debería comenzar por esa idea: la justicia económica, entendida como promoción de las oportunidades y el esfuerzo personal y valoración de la vida y la condición humanas por encima de las cuestiones materiales. Se deberían fomentar los negocios de base familiar y el acceso generalizado a la propiedad. Las actividades de pequeño tamaño tendrían que ser incentivadas y tener un régimen jurídico y fiscal más atractivo y sencillo. Se debería fomentar, a partir del principio de subsidiariedad, el resurgimiento de instituciones que puedan llegar allí donde las familias por sí solas no pueden (por ejemplo, para proveerse del crédito que ahora les hes negado). En general, no se trataría de una política destinada a crear algo nuevo y distinto, sino a restituir un orden económico que ha sido quebrado por la acción de especuladores y mangantes de diversas especies y pelajes. Se trataría de una labor de reconstrucción similar a la que desarrolló Sam Sagaz tras volver a la comarca en el tercer libro de "El Señor de los Anillos" y encontrar el infierno en el que su Comarca natal se había convertido en aras de la "modernidad".

Iniciamos en este blog una lista de medidas, sin aspiraciones de exhaustividad, que a nuestro juicio podrían mejorar la situación económica partiendo de planteamientos típicamente distributistas. La lista no está cerrada sino a la espera de que ustedes, estimados lectores, tengan a bien hacer sus aportaciones. La distribuiremos en 8 grandes bloques, si bien podrán añadirse, eliminarse o reagruparse bloques. Estos bloques serían:

I. MEDIDAS DESTINADAS A FOMENTAR LA EMPRESA FAMILIAR.

II. MEDIDAS DE APOYO ECONÓMICO A LAS FAMILIAS Y FOMENTO DE SU ACCESO A LA PROPIEDAD.

III. MEDIDAS PARA MEJORAR LA LIBERTAD DE ELECCIÓN DEL TRABAJADOR POR CUENTA AJENA.

IV. MEDIDAS DE DEFENSA DE LA COMPETENCIA FRENTE A POSICIONES DE ABUSO DE GRANDES EMPRESAS.

V. MEDIDAS DE DEFENSA DEL CONSUMIDOR FRENTE A POSICIONES DE ABUSO DE GRANDES EMPRESAS.

VI. MEDIDAS SOBRE SECTORES ESTRATÉGICOS PARA EL DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIAL.

VII. MEDIDAS PARA EL DESARROLLO DE ZONAS DEPRIMIDAS.

VIII. MEDIDAS PARA EL FOMENTO DEL ASOCIACIONISMO Y LA ECONOMÍA SOCIAL.


Para comenzar debatiríamos, si ustedes lo tienen a bien y agradeciendo de antemano sus aportaciones, las medidas que podrían incluirse en el primer bloque:

I. MEDIDAS DESTINADAS A FOMENTAR LA EMPRESA FAMILIAR:


I.1. Racionalización del régimen fiscal de los trabajadores autónomos y pequeñas empresas, empleando facturación y contabilidad telemática para la estimación directa de ingresos y gastos, eliminando de los módulos y la estimación objetiva, reduciendo los impuestos a estas empresas y aumentando la lucha contra el fraude y la economía sumergida.
I.2. Eliminación del impuesto de sucesiones para los bienes adscritos a actividades económicas que continúen los descendientes (hasta cierto importe).
I.3. Regulación (con un régimen legal y fiscal ultrasimplificado) y fomento de las "microactividades" (actividades económicas y artesanales desarrolladas a tiempo parcial por una persona y que, pudiendo ser el embrión de un futuro negocio, aún no generan ingresos suficientes para que esa persona se pueda dedicar a ellas en exclusiva).
I.4. Simplificación de los trámites para la creación de pequeños negocios.
I.5. Sustitución de la cotización obligatoria a la Seguridad Social de los trabajadores autónomos por un sistema voluntario con alternativas en el sector privado y asociativo/gremial.