LAS TRES FUNCIONES DEL DINERO
(1) Instrumento de codicia,
cuya atracción al hombre desquicia,
disputará con otros su posesión,
aunque del alma suponga la perdición.
(2) Unidad de medida del egoísmo,
hace que el hombre se crea hecho a sí mismo,
por haberlo acumulado con suerte o con trabajo,
y se olvide hasta de Aquel que a este mundo le trajo.
(3) Depósito de falsas esperanzas,
para quien a ver no alcanza
que más allá de esta vida nada poseemos,
ni nada nos llevamos cuando perecemos.
domingo, 5 de mayo de 2013
martes, 2 de octubre de 2012
Distributismo y carlismo (I)
Para caracterizar esos procesos
en España habría que recurrir al fatídico y decisivo siglo XIX, cuando el
securalismo, que aunque sin el paso previo de la herejía como la Europa del norte se
introdujo con fuerza, y la revolución industrial, tardíamente, cambiaron
completamente, y no siempre a mejor, la fisonomía del país y la vida de sus
gentes.
En la pionera Inglaterra la
concentración de la propiedad rural se había articulado en torno al proceso de
cercamiento (enclosure, en inglés), por el que se repartieron los terrenos
comunales entre un grupo influyente de grandes propietarios. Este proceso
concluyó con el establecimiento de vastos dominios en manos de rentistas que
alquilaban pequeñas partes de los mismos a multitud de campesinos empobrecidos
y sin propiedades.
Todo esto se hizo, durante los
siglos XVIII y XIX (los bienes de la
Iglesia ya habían sido incautados y repartidos dos siglos
atrás), con la clásica justificación del aumento de la eficiencia, para atender
la demanda de bienes agrícolas a la que el sistema tradicional no podía hacer
frente, si bien produjo un aumento de la emigración del campo a la ciudad, por
la dificultad de ganarse la vida por medios propios en el primero.
Al igual que ha ocurrido
recientemente con la burbuja inmobiliaria, o como sucedió en los años 80 con la
privatización de empresas públicas, los poderosos trajeron a nuestro país estas
ideas importadas del mundo anglosajón como una manera de incrementar
espectacularmne y en poco tiempo su fortuna y poder a costa de la inmensa
mayoría del pueblo español.
Hablamos en concreto de la
desamortización. Si bien el proceso desamortizador se dio, con diferente
intensidad, durante todo el siglo XIX, nos referiremos en particular a la
desamortización iniciada 1855, siendo Madoz ministro de hacienda, que aunque
menos conocida que la de Mendizábal resultó más intensa y generalizada.
Cuando hablamos de desamortización
se suele pensar en la incautación de los bienes de la Iglesia Católica,
particularmente tierras consideradas insufientemente aprovechadas o de “manos
muertas”. Pero suele olvidarse que este proceso afectó, al igual que los
cercamientos ingleses, a gran cantidad de tierras y bienes demaniales o comunes
de los pueblos, cuyos aprovechamientos, fundamentalmente leña y pastos, se
encontraban a disposición de los vecinos sin tener un propietario concreto.
La diferencia con otros países es
que en España la Iglesia
aún no había sido expoliada como lo fue en Inglaterra y otras naciones a
consecuencia, y también como causa u objetivo principal, del proceso mal
denominado reforma protestante.
Por tanto lo que en Inglaterra se
desarrolló en dos pasos, reforma y cercamiento, en España se hizo más tarde y
en tan sólo uno: desarmortización.
La venta de estas tierras
comunales, junto con las de la
Iglesia, se realizó, al igual que en Inglaterra, en un
ambiente de gran corrupción y acabó concentrando la propiedad en grandes
latifundios, sobre todo en el centro y sur de España, en manos de personas que
generalmente residían en ciudades y no tenían ninguna relación con el campo y
privando a muchos de su aprovechamiento en beneficio de muy pocos. También
acabó con gran parte del poder económico de la Iglesia, que con su
actividad caritativa beneficiaba a los sectores más pobres de la sociedad.
A la Iglesia Católica no sólo le
fueron expropiadas tierras, sino también monasterios, que dinamizaban
económicamente las zonas rurales de su entorno, e incluso universidades, lo que
suposo la desaparición o degradación de importantes centros de cultura y
formación, agravando las consecuencias económicas y sociales del proceso.
La crítica al nuevo orden
liberal que configuraron, junto con otros, estos procesos de concentración de
la propiedad, es común tanto al distributismo, como movimiento de carácter
económico y restitutivo que busca la justicia social a partir de la doctrina
eclesiástica, como al carlismo, como movimiento político confesional que,
aparte de la cuestión dinástica, enarboló la bandera de un tradicionalismo
contrarrevolucionario y antiliberal.
Es preciso destacar, aparte de la
diferencia en el enfoque, uno económico y el otro más amplio pero quizá fundamentalmente
político, la diferencia temporal, pues si el carlismo surge al mismo tiempo que
estos cambios y como respuesta inmediata y defensiva frente a los mismos, el
distributismo se desarrollará en los últimos años del siglo XIX y primeros del
XX, a partir del análisis crítico de los mismos y a la luz de la encíclica
Rerum Novarum, que denuncia los efectos sociales de la industrialización.
Queda claro pues, a nuestro
juicio, que, con las salvedades antes expuestas, existe una convergencia de
ideas y de interpretación de los cambios históricos en esta materia entre el
carlismo y el distributismo, como reacciones material y filosófica, política y
económica, en el momento y a posteriori, respectivamente, a un mismo fenómeno.
Ahora bien, ¿existe dicha convergencia en otros aspectos?.
jueves, 20 de septiembre de 2012
¿Es Mondragón un ejemplo de distributismo?
Como se indicaba en el artículo
anterior, la experiencia de cooperativismo social de la localidad guipuzcoana
de Mondragón se ha convertido en fuente de inspiración para todo tipo de
autores y pensadores que buscan una tercera vía económica. También se ha
convertido en modelo de referencia para el movimiento distributista
norteamericano, que lo ha referido constantemente como ejemplo a imitar en sus
publicaciones, e incluso en sus manifiestos. El profesor australiano Dr. Race
Mathews, experto en economía cooperativa y autor de varios libros sobre la
materia, es un ferviente defensor del experimento mondragonés, como manifiesta
en sus habituales colaboraciones en la revista Distributist Review.
La Corporación Mondragón
agrupa a distintas cooperativas y empresas de múltiples sectores que operan en
los cinco continentes. Sus áreas de actividad van desde la industria (con
marcas como Fagor, Orbea y Domusa) hasta la distribución (Eroski) o el sector
bancario (Caja Laboral). Cuenta incluso con sus propios centros de formación e
investigación y con una universidad privada. Actualmente cuenta con casi 85.000
empleados y una facturación anual de alrededor de 15.000 millones de euros. Se
trata por tanto de un gigante de la industria y la distribución a nivel español
y europeo. Los primeros pasos de lo que ahora es la Corporación Mondragón
fueron dados en la postguerra por iniciativa del sacerdote D. José María
Arizmendiarrieta, que fundó una serie de cooperativas industriales, de consumo
y de crédito, embriones de las futuras áreas de producción, distribución y banca.
Planteados los hechos, la
pregunta fundamental es la siguiente: ¿debemos compartir el entusiasmo del
nuevo distributismo norteamericano respecto a la Corporación Mondragón?.
En verdad, resultaría halagador pensar que nuestro país es un ejemplo a seguir
en el camino hacia una sociedad más justa y mejor. Ciertamente, creemos que la
sociedad española y las de origen hispánico son más distributistas, dentro de
lo que cabe, que las anglosajonas. Pero esto no se debe a la existencia de
grandes cooperativas industriales, sino a la pervivencia, pese a las
dificultades, de una base cultural católica con unos valores que dan menos
importancia a la eficiencia y más a la solidaridad, y la existencia de una estructura
de pequeña empresa de carácter familiar. Es decir, se trata de sociedades más
distributistas por el simple hecho de que son menos modernas y más
tradicionales. El distributismo, al fin y al cabo, no pretende sino la
restitución de un orden económico en el que primaban valores cristianos.
Lo que crea tanta expectación
respecto a Mondragón, y su mayor diferencia percibible respecto de otras
grandes corporaciones, es su carácter cooperativo. En este punto sería preciso
plantearse si una organización cooperativa lleva aparejados siempre unos
valores distributistas. Para los distributistas clásicos, como bien es sabido,
la unidad económica básica, tanto para el consumo como para la producción y
distribución, es la familia. En un mundo industrializado y moderno, las
familias no pueden llegar por sí sólas a la producción de ciertos bienes o la
prestación de ciertos servicios. Es preciso agruparse y aunar esfuerzos, y ahí
surgen dos figuras fundamentales: las cooperativas y el Estado. Ahora bien, es
preciso recalcar, y esto ha sido enfatizado por las encíclicas papales, que
ambos tienen carácter subsidiario, es decir, que existen sólo para auxiliar a
las personas y familias allí donde éstas no pueden llegar sólas. Este carácter
subsidiario define su función, pero marca también una limitación. No debe ser
sobrepasado, ni aún en nombre del bien común, pues implicaría abarcar
competencias y funciones que corresponden a los individuos o a las familias,
limitando la libertad y capacidad de decisión de éstos y creando una empresa o
una sociedad en la que unas personas se ven limitadas por las decisiones que
toman otras, incluso en ámbitos que ellos mismos podrían gestionar
eficientemente.
Una de las críticas más certeras
que se ha hecho del capitalismo, y que se ha apuntado como la razón principal
de los problemas prácticos que éste genera, como la crisis que actualmente
padecemos, es la de los efectos perniciosos de la separación entre propiedad y
poder de decisión. Una persona que compra en bolsa acciones de la gran empresa
para la que trabaja, en teoría pasa a ser propietaria de una infinitesimal
parte de esa corporación, pero en la práctica las decisiones de esa corporación
le son tan ajenas como los anillos de Saturno, y tan sólo podrá esperar obtener
algún pequeño beneficio en su cuenta de valores a partir de la agresiva
política de recorte de gastos y maximización de ingresos de un Consejo de
Administración formado por gestores profesionales. A partir de cierta cantidad
de acciones podrá incluso asistir a las reuniones de la Junta de Accionistas, pero
su influencia en la misma es tan escasa como la importancia que tiene este
órgano a efectos de la gestión ordinaria, que corresponde al Consejo.
Por el contrario, una cooperativa
que agrupe a unas pocas familias y personas, de manera que éstas posean un
control efectivo de la misma y su voz y voto tenga influencia real sobre las
decisiones, sí puede ser un ejemplo de toma de decisiones cercana a la
propiedad. Pero una gran cooperativa, donde los miles de asociados puedan votar
libre y democráticamente para tomar ciertas decisiones, no deja de ser, a
efectos prácticos, más que una gran Junta donde todos los accionistas poseen un
número de participaciones similar. El poder de un solo cooperativista, al igual
que el de un pequeño accionista en una sociedad anónima, es prácticamente nulo
y las decisiones cotidianas las acaban tomando un grupo de gestores
profesionales tan ajenos a la propiedad como en una sociedad mercantil, o quizá
incluso más.
Las desventajas de esa gestión
profesionalizada y ajena a la propiedad son evidentes. Para empezar, fácilmente
el pequeño propietario se desengaña y cae en la cuenta de su insignificancia
dentro de la enormidad de la organización. En Rerum Novarum se nos enseña: “los hombres, sabiendo que trabajan lo
que es suyo, ponen mayor esmero y entusiasmo”. Los gestores, por su parte,
responderán a los intereses comunes solo en la medida en que sean capaces de
priorizarlos sobre los propios, es decir, salvo honrosas excepciones, sólo cuando
ambos casualmente coincidan. Este problema, derivado de la propia naturaleza de
la condición humana, fue expuesto con su habitual maestría por Francisco de
Vitoria: “Si los bienes se poseyeran en común, serían los hombres malvados, e
incluso los avaros y ladrones, quienes más se beneficiarían. Sacarían más y
pondrían menos en el granero de la comunidad”. Esta tendencia humana al egoísmo
y la corrupción es la razón última por la que el comunismo ha fracasado en la
práctica.
En nuestra opinión, el que una
gran corporación se organice como sociedad mercantil o como cooperativa no
tiene, desde el punto de vista de su actuación, tanta relevancia a la hora de
considerarla acorde con la Doctrina Social
de la Iglesia. Así,
en Caritas in Veritate (46) se nos enseña
“Que estas empresas (…) adopten una u otra configuración jurídica prevista por
la ley, es secundario respecto a su disponibilidad para concebir la ganancia
como un instrumento para alcanzar los objetivos de humanización del mercado y
la sociedad.”
E.F. Schumacher también nos
advertía de los peligros de las grandes corporaciones y propugnaba la necesidad
de “organizaciones de tamaño humano”, pues como el propio título de su obra más
famosa indica “lo pequeño es hermoso”.
Joseph Pearce en su reciente y
continuadora de la obra de Schumacher “Small is still beautiful” (lo pequeño
sigue siendo hermoso), pone un ejemplo claro de lo que podría ser un sector
industrial organizado de acuerdo con principios distributistas. En el libro de
Pearce se expone el caso de las fábricas de cerveza del Reino Unido. A
principios de los años 70, un proceso de fusiones redujo el número de empresas
del sector a tan sólo 7 grandes, cuya competencia vía precios les había llevado
a una fabricación masiva, estandarizada y de peor calidad. La clásica cerveza ale
prácticamente había desaparecido del mercado. Un movimiento asociativo de
consumidores reclamando la cerveza tradicional británica supuso, no sólo la
aparición de multitud de pequeños fabricantes dispuesto a hacer ale al estilo
clásico, sino que los grandes productores readaptaran también sus
procedimientos para dar mayor diversidad y calidad a sus clientes. La aparición
de gran número de pequeñas marcas aportó al consumidor mayores posibilidades de
elección y revivió un sector que prácticamente había sucumbido al imperio de
las economías de escala y la estandarización.
Una organización industrial
basada en pequeños fabricantes que aman su oficio y su producto y lo ofrecen a
sus clientes para que éstos lo disfruten antes que para maximizar sus
beneficios es, a nuestro juicio, totalmente acorde con la idea distributista de
una economía sana y con valores cristianos.
Ahora bien, si a este ejemplo le
hubiésemos aplicado la solución mondragonesa y hubiésemos agrupado a los pequeños
productores de cerveza en una gran cooperativa que, por organización y
tecnología, pudiese competir con las 7 grandes firmas existentes, tendríamos lo
siguiente: una octava firma dedicada a fabricar masivamente la misma cerveza
estandarizada y a coste mínimo que el mercado se supone que, por la teoría de
la preferencia revelada, demanda. Organizarse de manera cooperativa, pudiendo
ser un mecanismo útil en ciertas circunstancias, no es necesariamente, a
nuestro juicio, un instrumento de humanización de la economía, como sí lo es
una organización industrial diversificada y diseminada a base de multitud de
pequeñas marcas, con independencia de la forma societaria de las empresas que
haya detrás.
La Corporación Mondragón,
sin poner en duda sus cualidades y virtudes en otros aspectos, no es a nuestro
juicio el ejemplo en el que un movimiento que apuesta por una economía al
servicio del ser humano, como el distributismo, debe fijarse. En todo caso,
podría tratarse de un ejemplo de “buenas prácticas” para un socialista fabiano,
ideología a la que el Dr. Race Mathews ha sido cercano. Pero nosotros aquí
seguimos a G.K. Chesterton, y no, aún reconociendo su gran altura intelectual,
a G.B. Shaw.
Nosotros pensamos que es preciso
diseminar tanto la propiedad como la gestión, y no concentrarlas. Esta es la
enseñanza de los distributistas clásicos, y nosotros, como personas que
pretenden, modestamente, estudiar sus ideas y tratar de analizar su
aplicabilidad al mundo moderno, debemos saber distinguirlas y no caer, a veces
por simplicidad y otras por tratar de buscar afinidades ideológicas, en errores
como el que, a nuestro juicio, cometen algunos seguidores modernos del
distributismo con la Corporación
Mondragón.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Por un distributismo español
El distributismo, entendido como
la doctrina que se deriva de las ideas económicas, filosóficas y sociales
desarrolladas por autores como H. Belloc o G.K. Chesterton e inspiradas en las
encíclicas papales, está conociendo en nuestros días un incuestionable
desarrollo. Aunque sigue teniendo una difusión limitada y casi marginal,
continuamente aumentan las voces en favor de una revisión de las relaciones
económicas y sociales en la dirección que el distributismo propone, en el marco
de una crítica generalizada a las ideas hasta ahora predominantes.
Sin duda es en los Estados Unidos
de Norteamérica, tal vez por la arraigada militancia social del catolicismo
local o simplemente por tratarse de la sociedad más influyente en términos
culturales, donde estas ideas han alcanzado un arraigo y desarrollo mayor. Esto
es observable atendiendo al creciente número de asociaciones, editoriales,
publicaciones y autores consagrados a la difusión del distributismo. Personas
de gran espíritu y valía contribuyen a esta causa como autores, editores,
comentaristas o líderes asociativos.
Sin embargo, cuando hablamos de
distributismo, no se puede negar una realidad fundamental: el escaso desarrollo
teórico y práctico de estas ideas que fueron formuladas hace prácticamente un
siglo, y que, sin embargo, contrasta con la validez de las mismas para ofrecer
una explicación de todo lo ocurrido desde entonces. Tras un periodo inicial de
gran vitalidad y fértiles experiencias, el distributismo, tanto teórico como
práctico, sufre un fuerte parón a causa de dos factores fundamentales: la
focalización absoluta del debate político y económico entre capitalismo y
comunismo durante todo el periodo de la guerra fría, que apenas dejaba espacio
de discusión para terceras vías; y el concilio Vaticano II, cuya aplicación práctica
supuso poco menos que adaptar la doctrina católica al mundo moderno, en lugar
de tratar de mejorar el mundo moderno mediante la aplicación de la doctrina
católica, como pretende, en el plano económico, el distributismo.
Aún en este periodo, algunas
figuras aisladas, pero de gran importancia, se habían dado cuenta de las
limitaciones de los planteamientos teóricos en torno a la economía. Destacaba
en particular E.F. Schumacher, cuyas ideas de humanización del trabajo y de la
economía y respeto por la naturaleza se inspiraron directamente en la Doctrina Social de la Iglesia, amén de otras
fuentes. A pesar de ello, algunos autores no consideran a Schumacher y otras
figuras de este periodo como distributistas, denominación que reservan tan sólo
a los contemporaneos de Chesterton y Belloc, cuando no tan sólo a ellos dos, lo
que da una idea de la percepción que tenían del distributismo como campo de
estudio de los historiadores.
Las personas que hoy en día, con
gran mérito y dedicación, están tratando de desarrollar y difundir las ideas
distributistas, cuentan por tanto con una cierta lejanía temporal respecto de
las fuentes que consideran comunes. Esto se traduce en desarrollos teóricos
divergentes, cuando no en discrepancias en la interpretación de los clásicos. Los
autores actuales se centran, como es lógico, en cuestiones de actualidad. Pero
evidentemente, el mundo actual, pese a la capacidad explicativa de sus ideas
respecto a los cambios históricos producidos, no es como el que conocieron
Chesterton y Belloc. Surge entonces la necesidad de interpretar, de aplicar a
las cuestiones de actualidad un razonamiento del tipo: ¿Qué pensaría Chesterton
sobre esto? o ¿es esto coherente con lo que escribió Belloc?. Ni que decir
tiene que se trata de un terreno perfectamente abonado para la discrepancia,
especialmente cuando no se cuenta con un liderazgo intelectual reconocible.
El distributismo práctico se
desarrolla, como es sabido, a nivel de pequeñas comunidades o grupos de
familias que tratan, sobre el terreno, de llevar a cabo una existencia basada
en principios cristianos, y por tanto solidarios, que inspiren una organización
más humana de sus hogares, granjas, empresas, talleres y pequeñas fábricas. A un
nivel organizativo superior, se constituyen asociaciones, grupos o ligas
distributistas, generalmente a nivel nacional, integrados por personas
interesadas en los aspectos teóricos del mismo.
En los Estados Unidos de
Norteamérica, que como se ha indicado es el mayor centro de actividad de este
nuevo distributismo, la
Sociedad para el Distributismo es la agrupación predominante.
Se trata, posiblemente, del grupo más activo a nivel mundial. Alrededor suyo
existen autores y eruditos cuyos trabajos suelen referirse, en forma de
artículos, en la revista Distributist Review. Muchos de estos autores, a la
hora de justificar la posible aplicación práctica del distributismo, buscan ejemplos,
generalmente fuera de su país, sobre experiencias que les resulten inspiradoras
e incluso imitables. En particular, han sido recurrentes en los últimos años
las referencias a la cooperativa Mondragón como ejemplo de éxito del
cooperativismo social y como “leitmotiv” del tipo de organización industrial
que debería tener una sociedad distributista.
En el próximo artículo nos
referiremos a dicha experiencia cooperativa propia de nuestro país y trataremos
de analizar, desde la cercanía a la misma, si desde nuestro punto de vista se
puede considerar realmente como un ejemplo de distributismo, de acuerdo con los
autores clásicos y las encíclicas papales. En este, pretendemos poner de
manifiesto las dificultades doctrinales de una tarea que, tarde o temprano,
desde este u otros foros más apropiados, se ha de acometer: desarrollar un movimiento
distributista autóctono en nuestro país. Estas dificultades no se hayan tanto
en tratar de reflejar peculiaridades nacionales como en tratar de identificar y
separar en otros movimientos mucho más avanzados, como el norteamericano,
aquello que es realmente distributismo de otros desarrollos posteriores que
nada tienen que ver con las obras de Chesterton y Belloc y poco o muy poco con la Doctrina Social de la Iglesia.
Para esta tarea, solicito
modestamente a los lectores, tan escasos como apreciados, que contribuyan en la
discusión con sus puntos de vista sobre cuestiones particulares del
distributismo que serán planteadas en los próximos artículos. Todo ello en la
idea y esperanza de configurar, poco a poco, una comunidad de personas
interesadas en la materia, que cuente además con los matices propios de la
peculiar idiosincrasia y cultura de España y los países hispánicos, que tanto
fascinaba a nuestro correspondidamente admirado G.K. Chesterton.
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