
lunes, 15 de agosto de 2011
Madrid - Nowa Huta

lunes, 6 de junio de 2011
Economía: la pregunta fundamental
Tradicionalmente nos ha sido enseñado que la economía da respuesta a tres preguntas fundamentales: ¿Qué?, ¿cómo? y ¿para quién? producir. Las respuestas a estas tres preguntas, es decir, la producción, la división del trabajo y la distribución, definirían las características fundamentales de todo sistema económico. Así, habría sistemas más o menos eficientes según cómo se contestase a estas preguntas.
Sin embargo este enfoque racionalista se queda corto pues se olvida de la pregunta fundamental: ¿para qué producir?. La respuesta más evidente nos diría que para cubrir las necesidades humanas, pero inmediatamente surgiría la siguiente pregunta: ¿cuáles y cuán importantes son esas necesidades que condicionan cuanto hacemos o dejamos de hacer en esta vida?. En una economía básica y de mera supervivencia la naturaleza de estas necesidades sería fácil de identificar. Las reglas de la economía reinan donde gobierna la escasez. Pero nuestras sociedades presentes son complejas y nuestras actividades no se limitan, por lo general, a la cobertura de necesidades meramente físicas.
Nos hallamos pues ante un caso ciertamente paradójico, un pensamiento económico que idolatra la eficiencia sin haber definido previamente los objetivos. Es el tipo de paradoja que Chesterton puso de manifiesto en su gran obra “Herejes”:
“Ninguno de los grandes hombres de las grandes edades habría entendido lo que ahora se entiende por «trabajar para la eficiencia». Hildebrand hubiera dicho que él trabajaba, no para la eficiencia, sino para la iglesia Católica. Danton hubiera dicho que él trabajaba, no para la eficiencia, sino para la libertad, la igualdad y la fraternidad. Aun cuando el ideal de tales hombres hubiese sido sencillamente el ideal de echar a una persona a puntapiés escaleras abajo, pensaban en el fin como hombres, no en el procedimiento como paralíticos. No dijeron: «Elevando eficientemente mi pierna derecha, usando, como observáis, los músculos del muslo y de la pantorrilla, que erige, en excelente funcionamiento...» Sus sentimientos eran bien diferentes. Se hallaban tan poseídos de la hermosa visión del hombre tendido cuan largo era al pie de la escalera, que, en ese éxtasis, lo que había que hacer ocurrió como un relámpago.”
(G.K. Chesterton, Herejes, capítulo I)
El hombre moderno ha expulsado a Dios, y por tanto a la moral, de la economía, pensando que de esa forma se ganaba en eficiencia. Pero al prescindir de lo trascendental se ha quedado inmediatamente sin objetivos. Si las vidas de los hombres, en un mundo creado por nadie y para nada, fuesen absurdas y sin sentido, la actividad económica de éstos habría de ser, por ende, igualmente absurda y sin sentido. ¿Qué obtenemos siendo eficientes en un mundo así?. ¿Para qué habríamos de ser eficientes?. Como vemos no se trata tan sólo de restaurar un comportamiento moral o ético que ha sido expulsado previamente de la economía, llevando a prácticas comerciales y bancarias que han dado los nefastos resultados que ahora padecemos. La moralidad por sí sóla, entendida como un mero comportamiento mecánicamente benevolente, tampoco nos ayuda a encontrar dichos objetivos, como nos enseña la encíclica Caritas in veritate:
“La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simultáneamente la de la razón y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario.”
(Benedicto XVI, Caritas in veritate, 3)
Sin embargo esa moralidad o benevolencia, ese amor que nos es natural como seres humanos, sí que nos ayuda a buscar lo trascendente. Todos los hombres, aunque hayan vivido una larga vida en comunidades aisladas, tienen una noción del bien y del mal, de lo que podríamos llamar “leyes naturales”, que no son otra cosa que las leyes de Dios. La economía, como materia de estudio de las actividades del ser humano, actividades que ocupan la mayor parte del limitado tiempo del que éste dispone, tampoco puede ser ajena a la verdad, al hecho irremediable de nuestra mortalidad y nuestra necesidad de trascendencia más allá de lo físico y lo científico. Nuestras actividades diarias han de estar guiadas por nuestros objetivos trascendentales, pues sin ellos éstas carecen de todo sentido. Paradójicamente el camino para mejorar este mundo parte siempre de concebirlo como un mero tránsito, tal y como nos sugiere, de manera intuitiva y natural, su temporalidad. Sólo en este marco se puede trabajar y vivir con esperanza. Si no, ¿para qué producir?.
martes, 31 de mayo de 2011
martes, 24 de mayo de 2011
Economía y espiritualidad: El consumo y la utilidad
La utilidad o satisfación que produce el consumo de bienes, en relación con la capacidad de éstos para cubrir las necesidades humanas, ha sido objeto de atención de grandes economistas como William Stanley Jevons o Vilfredo Pareto. Más allá del debate sobre si la utilidad es medible o sólo comparable, sí que existe cierto consenso sobre el comportamiento de la misma: la utilidad crece conforme crece la cantidad de bienes que consumimos, hasta llegar a un punto de “saturación” en el que se vuelve decreciente. Se modelizaría por tanto mediante una curva de tres tramos significativos: un primer tramo en el que la utilidad marginal es creciente, un segundo tramo en el que se vuelve decreciente y un tercero, alcanzdo el “punto de saturación” en el que esta utilidad marginal se torna negativa.
El tramo más interesante para nuestro análisis es el tercero. ¿Cómo es posible que un aumento en la cantidad de bienes provoque una reducción de la satisfacción del consumidor?. Se trata de una cuestión básicamente filosófica y el enfoque “homo viator” del economista E.F. Schumacher nos puede servir como explicación de este fenómeno. La idea que el hombre está en el mundo como peregrinaje a un plano superior, o la mera existencia de este plano y el reconocimiento de la faceta espiritual del ser humano, concuerdan con la idea que el grado de satisfación de una persona durante su vida no obecede la mayoría de las veces a causas puramente materiales. En buena lógica se podría pensar que la curva de utilidad nunca podría ser decreciente, pues si una persona tiene a su disposición demasiados bienes bastaría con desacerse de los que le proporcionan utilidad marginal negativa para llegar al punto en el que maximiza su utilidad total. Pero no estamos hablando de una toma racional de decisiones, sino de un comportamiento compulsivo, el consumismo, que puede llegar a cierto punto en el que el aumento del bienestar material genere mayor insatisfación personal. Resulta difícil explicar este fenómeno si no tenemos en cuenta la existencia de otro tipo de bienestar, el inmaterial o espiritual, y por tanto de un plano distinto al material y con mayor poder de influir en el bienestar de las personas que éste. Sin embargo, pese a ser de dificil explicación, es una idea intuitiva (“el dinero no da la felicidad”) bastante arraigada en nuestra cultura.
Valga este caso como ejemplo de una realidad incuestionable: no podemos tratar los asuntos económicos, ni tan siquiera intentar explicar el comportamiento humano, dejando al margen el plano espiritual.
viernes, 20 de mayo de 2011
Kretschmann und Württemberg
La reciente elección de Winfried Kretschmann como primer ministro del estado alemán de Baden-Württemberg (si puede pronunciar ambos nombres habla usted alemán), tras conseguir el partido verde la victoria en las elecciones regionales de dicho estado,marca un auténtico hito en la política del país germano y de toda Europa. Es la primera vez que un partido ecologista vencePero lo más importante para nosotros es el perfil del personaje en cuestión. No se trata, como podríamos pensar desde la perspectiva española, de un "ecofreak" ultraizquierdista (grave contradicción, pues no ha habido regímenes más contaminantes ni destructores del entorno, cual orcos al servicio de Saruman, que los comunistas) que viste como un hippie, fuma lo primero que encuentra y celebra el solsticio de invierno en vez de la Navidad. Se trata de un católico romano, padre de familia, cuya ideología podría ser catalogada (con todo el margen de error que hay detrás de cualquier etiqueta) como social-conservadora o eco-conservadora. Pertenece por tanto al ala conservadora de su partido, aquella más centrada en la "Realpolitik". Si el ecologismo por sí sólo conforma una serie de ideas o principios muy generales que es preciso completar a la hora de desarrollar un programa de gobierno real, el señor Kretschmann, con su conservadurismo social, lo completa de una manera natural aplicando a los problemas de la sociedad urbana los mismos principios que inspiran a los que aman la naturaleza. ¿Puede haber algo más ecológico que el amor a la familia y la promoción de políticas sociales que la apoyen? ¿puede haber algo más antinatural que el aborto o la eutanasia?.
El cristianismo, en la medida en que aplica el amor para la solución de los problemas, promueve el cuidado y respeto por el medio ambiente, como parte fundamental de la Creación. Si un verdadero ecologista, que sintiese un amor sincero por la naturaleza más allá de las etiquetas políticas y el obsoleto debate izquierda-derecha, tratase de aplicar sus principios al gobierno de la sociedad humana, habría de llegar por fuerza a conclusiones similares que personas que iniciasen esa reflexión desde el cristianismo o el budismo. No es difícil que todos ellos lleguen a la conclusión de que la destrucción del medio ambiente es una consecuencia de la profunda crisis de valores que padece el ser humano de nuestro tiempo, hechizado por el materialismo y el relativismo moral.
El señor Kretschmann no es exactamente un distributista. Pero si su concepción cristiano-conservadora de la política y la sociedad puede difundirse a través de una etiqueta "de moda" y accesible para el público en general como el ecologismo, ¿no podrían hacer lo mismo las ideas distributistas?. El distributismo no debe conformarse con ser un credo marginal que fomente la creación de pequeñas comunidades aisladas, debe luchar dentro de los partidos y organizaciones sociales con cuyos fines es convergente por abrirse espacios y difundir y hacer accesible al gran público sus ideas, que son tan naturales y justas como el amor por la naturaleza o la familia. Los cambios políticos y sociales son lentos, a menudo llevan muchas generaciones, pero si las ideas y los valores consiguen difundirse entre los hombres, se acaban produciendo. ¿Quién hubiese dicho hace treinta años que un partido ecologista podría llegar a gobernar?.
lunes, 2 de mayo de 2011
Grandes esperanzas

Una dickensiana reflexión en verso...
nacer pobre es un castigo,
pues ha de heredar el hombre,
parca fortuna del niño.
La soledad del infante,
que vacila en su camino,
entre dudas y lamentos,
en un mundo triste y frío,
no es simiente generosa,
más no ha de dar fruto amargo.
La vida humilde nos hace,
a los ojos de Dios gratos,
nos da fuerzas de flaqueza,
nos deja ver lo sagrado,
la importancia de esas cosas
que nunca nadie ha comprado.
La vida holgada queremos,
todo lujo ambicionamos,
por tener algo que brilla,
creemos que ya brillamos.
La orfandad que nos acecha,
la angustia y el desarraigo,
no es por frío ni es por hambre,
ni es pan lo que precisamos.
Es la Gracia lo que anhela
el alma del ser humano,
el poder que ha de inspirarle,
a logros más elevados,
que ha de darnos la pureza
de corazón de los Santos,
la honradez del buen tendero,
la piedad del hermitaño,
la bondad del justo padre,
la caridad del hermano.
Muy poco más se precisa,
en el mundo que habitamos,
que sea su luz nuestra guía,
y por ello a Dios rogamos,
y que el hombre pueda al fin
ver esperanza en sus actos.
domingo, 27 de marzo de 2011
Distributismo en La Comarca
Ofrecemos a nuestros lectores la traducción al español del artículo "Distributismo en La Comarca" de Matthew P. Akers, publicado en el número de diciembre de 2009 de la revista Sant Austin Review. El artículo no sólo es una excelente introducción al distributismo que descubrirá a los lectores de Tolkien nuevos detalles sobre la profundidad del pensamiento distributista y católico del genial autor inglés, sino que nos plantea en la práctica (o más bien en la ficción) un ejemplo de una sociedad que ha podido ser restaurada después de pasar por las penalidades del industrialismo, el imperialismo, la destrucción medioambiental y la crisis social y moral que todos ellos conllevan.
Con este artículo el blog "El distributista" consigue un pequeño-gran avance en su modesto objetivo de poner a disposición de la comunidad distributista hispánica recursos y materiales distributistas hasta ahora disponibles tan sólo en inglés.
Nuestro agradecimiento a Matthew P. Akers (autor), Joseph Pearce y Robert Merchant (editores de Sant Austin Review) por su autorización para llevar a cabo esta traducción; y a Richard Aleman (presidente de la Sociedad para el Distributismo y co-editor de The Distributist Review) por su inestimable ayuda y colaboración.
DISTRIBUTISMO EN LA COMARCA
